Se acabó esto de dar vueltas por España. Regreso a Madrid con 40 euros que utilizo para dejar el coche de alquiler con el tanque de gasolina lleno. Han sido 30 días de viaje y 5.500 kilómetros de carretera. En la capital los obreros trabajan a destajo para acabar la ciudad de una vez. Hay miles de cosas que se pueden hacer en Madrid. Una de ellas, visitar las obras de la M-30. En plan turista, por la noche, desde el puente de Segovia. Tiene su punto. En serio.
Pues verás, hubo un tiempo en que lo de tener la calle llena de agujeros nos volvía locos. El ruido, los atascos, el polvo... todo eso nos estiraba los nervios y nos pasábamos todo el día quejándonos. Luego empezamos a verlo de otra manera. No sé muy bien por qué, pero el caso es que le pillamos el gusto a observar cómo esa gente pasaba el día y la noche construyendo. Ésta era y sigue siendo mi favorita: la M-30.
Me venía aquí con tu abuela cuando empezaba a anochecer y nos quedábamos hipnotizados mirando lo que hacían. Estaba preciosa, (tu abuela también) con sus focos iluminando toda la explanada, los contenedores, el estruendo de las selladoras, las voces de los obreros... Y todo ese mar de grúas como telón de fondo. Y no éramos sólo nosotros. Recuerdo que un día me di cuenta de que había mucha gente que sentía lo mismo que yo. Acababa de hacer un viaje por España para el periódico y pensé que la última etapa debía acabar en las obras de la M-30.
Había una pareja besándose ahí mismo y les pregunté si no les molestaba el paisaje para pelar la pava. "No aquí se está bien, de lo más tranquilo", me contestó el joven. Luego le pregunté a un taxista que vivía por la zona, cerca del Vicente Calderón y me dijo que el ruido de las obras le ayudaba a conciliar el sueño. "No sé qué voy a hacer cuando las terminen", decía. Seguro que aquel hombre durmió bien siempre porque, como ves, aún no las han terminado. Y no lo harán jamás.
El caso es que ese día me di cuenta de que todos nos habíamos convertido en adictos a las construcciones. ¿Ves a esos tipos de ahí? No, no están buscando un monolito, ni cavando su propia tumba, están trabajando en la M-30. Llevan así años. Al principio, ellos también quisieron acabar la obra, pero luego se percataron de que lo mejor era construir sin sentido. Trabajar por trabajar, construir por construir, igual que viajar por el simple placer de desplazarse de un sitio a otro. Son como los curris. ¿Te acuerdas de esos personajes? Salían en una serie de televisión para niños que te puse hace tiempo. Los curris eran unos seres que vivían en el subsuelo y que se pasaban el día trabajando para que otros seres un poco más grandes que ellos, los fraggle, se comieran lo que construían. Pues esto es igual. Los ecuatorianos hacen, el Ayuntamiento deshace y nosotros lo observamos todo, hipnotizados, dándonos vueltas la cabeza al ritmo de la hormigonera.
Si vieras lo que hacen algunos en verano, te espantarías. Se van a playas llenas de gente, se pasan todo el tiempo holgazaneando, debajo del agua, mirándose el ombligo. Consumen alimentos en chiringuitos, beben alcohol a todas horas... y dicen que es así como se divierten. Esto sí que es divertido, ¿verdad? En fin, no sé si todo esto que te he contado contesta a tu pregunta de por qué, otro año más, no nos hemos ido de vacaciones.
Salgo de Zaragoza y me adentro en Castilla-La Mancha. Llego a un pueblo cerca de Madrid. Tiene 7.000 habitantes y una historia milenaria. Pero no hay muchos comercios, ni quioscos, ni muchos bares. La zona está en continua expansión. Un camino lleva hasta una colosal urbanización anunciada por un cartel que dice: "La vivienda que sí puedes comprar". Estoy en Seseña. "¿Dónde está el centro?", pregunto a un joven. "¿A cuál de ellos te refieres?", contesta.
En fin, que ya se está usted tapando, porque me sale a mí de la ordenanza municipal. Y si no tiene camiseta, no se preocupe que el Ayuntamiento le regala una, pero no ande por ahí desnudo, hombre. ¿Qué cuál es la moda de Sitges? Abra los ojos, joven. Pantalón pirata, chanclas de dedo, y sí, camiseta apretada y de tirantes, pero camiseta al fin y al cabo. Es lo que tiene ser destino gay. Que si no te musculas, desentonas. Pero luego uno se adapta. No es que tengamos nada contra usted. Mire, si ha sido capaz de pagar el peaje de la autopista, es que puede usted veranear por aquí. Somos uno de los pueblos más caros de España, es verdad, pero limpios oiga. En Sitges somos así. Los perros no defecan en la calle. Lo pone ese otro cartel. ¿Ve lo que pone debajo? Ajá, este perro no es de Sitges. No sé de donde será, pero de aquí no, desde luego. Los nuestros usan los servicios públicos y el papel higiénico. Los tenemos bien enseñados. Tampoco hay grafiteros, nuestras casas están siempre blancas y tenemos un césped que ni el del Camp Nou. Y tenemos más costumbres sanas. Lo pone en los otros carteles. No aparcamos en doble fila ni en los lugares reservados a las personas. No tiramos las colillas en la playa, las tiramos en los recipientes habilitados para ello. No hacemos ruido por las noches, porque los locales cumplen todas las normas y porque aquí lo que se lleva es el ocio tranquilo. No hacemos esculturas de arena en la playa, eso también lo prohibimos porque, mire usted, hay mucho hippy metido a escultor que nos fastidia el mobiliario urbano. No permitimos los juegos de apuestas con dinero en la calle, ni el consumo de bebidas alcohólicas, ni esos tipos que te encuentras en otras ciudades y que lo mismo te echan las cartas que te hacen un tatuaje o un masaje.
Hace ya años que la Pérfida Albión tomó Puerto Banús. Sin Nelson que haga falta, llegaron con sus yates y sus Union Jack y subieron el precio del cubata hasta los 13 euros. ¡Qué desfachatez! Resulta que ahora no les gusta porque está muy masificado y han decidido buscar otros puertos más apartados en Dubai y sitios así. Mientras tanto, mientras los ingleses se largan de Puerto Banús, usted puede ir a verlos como quien visita el zoo. Tampoco es tan caro. La visita le puede salir por unos diez euros, menos de lo que se gastaría usted en llevar a los niños al Parque de la Warner. Siete euros por dos horas de parking y el resto para tomarse un refresco a sorbitos en cualquier bar de lujo. Edurne, que veranea en Torremolinos con la familia, saca fotos a los ostentosos yates atracados en el muelle. “Para contarle a la gente cuando vuelva los duros que hay aquí metidos”, comenta. Poco antes, Edurne se las ha visto con una de las pandillas callejeras más temibles del pueblo que deja a los Latin Kings a la altura de una cuadrilla de boy scouts. Son Ralph, Gianni, Ray, Carolina, Giorgio, Roberto y Calvin, conocidos en Puerto Banús por haber tomado una calle donde si pasas y no estás precavido pueden rajarte, quitarte todo el dinero y dejarte tirado en una esquina.
Bienvenidos al paraíso de las construcciones de plástico y la gomaespuma, de los toboganes sinuosos y los chorros de agua clorada. Vamos, siga el camino de baldosas amarillas, conviértase en un renacuajo y zambúllase en este universo de colores chillones y agua estancada. Hágase con un donut flotante a la entrada si quiere pasarlo en grande y comparta la tumbona con sus prójimos. Estamos en Cartaya (Huelva), señores. Nos vamos al parque acuático.
"Ay, pues yo eso no lo sé. Nadie lo sabe. Supongo que vinieron dos y se pusieron a tener hijos y luego vinieron más, hicieron casas y así se formó el pueblo". Ni Isidoro Carrillo ni los demás habitantes de la aldea tienen muy claro cuáles fueron sus orígenes, así que los resumen con la lógica aplastante del "vinieron dos y se quedaron". Pero Isidoro tiene una nieta espabilada de 19 años, que estudia en Talavera de la Reina. Se llama Yoana Carrillo y ha recogido en un trabajo de clase esos orígenes inciertos. A saber, que la aldea empezó en la Edad Media con agujero en el suelo, una especie de cueva en la que vivían unos hombres encargados de vigilar las montañas y avisar al castillo más cercano si algún peligro se presentaba. Yoana, la joven cronista, cuenta más cosas. Que su pueblo es la leche, que no hay mejor sitio para pasar las vacaciones y que tienen que reivindicar muchas cosas.
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