Os doy las gracias a todos por las muchas entradas y los comentarios. ¡Estoy que no me lo creo!
Cuando tengo que coger un avión antes de las doce de la mañana a mí se me revientan los esquemas… ni pego ojo ni descanso. Al revés: el poco rato de que dispongo en la cama me genera tal ansiedad que parezco Carrie, con convulsiones y encendida: con subidotes de calor que de tener otra edad serían muy fácilmente atribuibles a “la meno”, pero ahora… no. Llevo sin dormir unas cuarenta horas y voy a petar... Y mañana –es decir, dentro de otras tres horas- vamos a Kyoto, donde pasaremos una noche y seguiremos a Miyajima al día siguiente, con regreso a Kyoto y ya tarde, a Tokio a dormir. El hecho de tener un vuelo antes del mediodía, o al menos una hora prudencial, unido a que el trayecto ha sido larguito, me causa los mismos síntomas que tenía Al Pacino en “Insomnia”, que no admitía los lapsos de ensoñaciones ni los distinguía de los períodos lúcidos. La escala en París prometía: atracón de duty free, un masaje en la planta de arriba, llena de luz, del aeropuerto de Charles de Gaulle. Pero no pudo ser. Mucho retraso en la salida abortó las expectativas. Luego, una vez a bordo, pasado el shock de comprender que cuando se vuela a Tokio el porcentaje de orientales es del 80%, nada de un débil 20 ni 30% que acostumbramos, hubo un imbécil que iba borracho y al que hubo que acabar sacando del avión, la Policía, más bien, y esto produjo otra demora, de hora y cuarto, por concretar. En realidad, todo esto no importa, pero es que si digo que me voy a Tokio y que tengo la talla 34 me va a odiar mucha más gente… así que lo pongo como “fatal”, en plan Tamara Falcó, y evito envidias. El vuelo se pasó entre ideas peregrinas, algo de charla y dos pastis de Dormidina que me tragué (Álex está en todo) que eran mejor vehículo para volar que el Boeing 777 donde me desplazaba físicamente. Adormilada, pero no frita, y caliente, muy caliente… como si ardiera. Así seguimos sin dormir, después de superar un montón de pruebas: no perdimos ni el vuelo ni la conexión, ni a Álex; no perdieron nuestras maletas; el tren desde Narita hasta el hotel era directo; no tardamos tantísimo; la decoración mola (minimal, a base de tonos chocolate y líneas rectas), eso sí: son lo peor; no me dejan facilidad ninguna para escribir este blog y para más INRI, en los ciber, los teclados están en perfecto japonés, con lo que ando cabreada y ansiosa…
Como soy tan ansiosa, y compulsiva, pues mi idea de ver todo Tokio en un día no ha podido ser. Pero hemos hecho bastante. El hotel se ubica en Ikebukuro, una zona interesante. Hemos ido hasta Shinjuku, zona de compras, de edificios de grandes almacenes con pantallas de vídeo enormes... Nada más llegar, nos habían dado ya casi las dos de la tarde, entre retraso, maletas, check in, etc. Nos hemos encontrado un restaurante pequeñito típico de aquí, con una barra giratoria y desde la que agarras el plato que te apetece y luego te cobran en función del precio de cada tipo de plato y del número de los que hayas acumulado. ¡Vaya homenaje de sushi y sashimi nos hemos pegado! No sé si el pobre Jesús que es más de comer ibéricos y de alimentarse en condiciones (para algo es de Bilbao), estará igual de satisfecho –seguro que ya os he dicho que los hombres mienten todos, y en concreto, a mí casi siempre-. David está apunto de salir del grupo, no es por nada: no hemos discutido (casi), pese al estado de agotamiento y a que si bien ya estábamos advertidos del calor y de la humedad… ¡otra cosa es padecerlos! Es que se le van la olla detrás de cada japonesita que se le cruza, y hay varios millones. Tiene los ojos vueltos y el cuello le gira ya casi casi 340º, pero de aquí a mañana igual da toda la vuelta.
Las mujeres japonesas. Son muy monas en general, de veras, son frágiles, delicadas, con pieles como de porcelana, muy delgaditas y desde que han descubierto el tinte de pelo, esto es otra cosa. Sólo ellas tienen glamour, lo digo desde hace años. Me he excitado de ver a tanta fashion victim, -aunque no le vea la gracia al sacrificio que debe ser llevar tanta ropa de abrigo con la que está cayendo…-, y las he ido coleccionando, en plan poco a poco: una foto a unas vestidas de muñecas, otras de geishas, otras de modernas… Son muy tímidas, muy simpáticas pero no hablan ni una palabra de inglés… Esto lo hago extensivo a casi todo el mundo aquí: nos estamos sintiendo sobrepasados por el sentimiento de barrera idiomática, más allá de la cultural propiamente.
En este barrio hemos subido a tomar algo en uno de las cafeterías del edificio Nomura, en el piso 5º. La escasa bruma ha impedido un momento de perfección, pero da igual. Hemos continuado peinando las calles de Shinjiki buscando la mala fama de este barrio, y el porqué de su “color rojo” en las guías. En efecto, está cuajadito de burdeles y nos ha hecho mucha gracia ver que hay una chica y un chico que han de ser los strippers de moda… están en cada cartel, en cada discoteca y en todas las revistas gratuitas… que hay a miles, por cierto. A estos se les hacía la boca agua constantemente… no ven el momento de adentrarse a un conocimiento más íntimo de la población femenina local. Jesús ha descubierto que hacerles a las chicas una doble reverencia funciona… y está haciendo genuflexiones constantemente, lo juro. Por la falta de sueño, todos andamos irascibles y Paúl, pese a todo es alguien humano, y sí, está un tanto desconocido: se ha bloqueado y no responde a sus superpoderes… menos mal que David también entiende los mapas.
Dejamos atrás los rascacielos y el metro parecía quien nos devolvería a la cama con presteza… pero antes hicimos otra paradita-homenaje de calorías (¡menudos copones de helados, Señor!) en en cibercafé precioso, lleno de guapos y guapas -los camareros eran espectaculares, muy heteros todos; Álex hizo pero que muy bien en venirse bien merendado de Madrid-, y donde comprobé que los caracteres japos no me resultan muy manejables. Luego, bajamos al metro y casi yendo de regreso…me dio un ataque de “para dormir no me vengo yo hasta Tokio”+ “¡joder que es el primer día y son las cinco de la tarde!”… y en vez de a sobar, nos hemos apuntado a un tour nocturno. Hemos visitado partes de la ciudad que de otro modo… jamás de los jamases en tan poco tiempo. Además de otra cena de lujo a base de comida japo en un hotelazo frente al Palacio de exposiciones y congresos, nos han llevado a ...
Hemos atravesado Ginza, con el teatro monumental rebasado a mano derecha –por allí hemos visto los palacios que son las tiendas de Versace, Dior, Issey Miyake, etc. Después hemos ido a Roppongi Hills Tower, una panorámica desde los 250 metros de altura a la que está la torre, donde además de cristales, hay cafetería, zona chillout y un pub que al salir ya de allí, empezaba a animarse. No se me ocurre un sitio más bonito para poner un garito.









Álex (el Negrón), que tiene el superpoder de entender a las chicas. En serio, Álex entiende a las mujeres, incluida Malena Gracia, lo cual, no me podéis negar que es digno de mencionarse como uno de sus superpoderes. Pero como todo superhéroe, tiene puntos débiles: es incapaz de resistirse a picar entre horas y a comprar ropa –auténtica siempre, claro, él sólo lleva originales- de las mejores firmas: va cargadito de logos.
David, a quien conozco hace ya once años porque va al mismo gimnasio que Paúl, es el prototipo de hombre perfecto. Tiene el cuerpo mejor trabajado que he visto, tremendamente bonito y fuerte, como “Super-man”, pero no se saca partido (siempre le tengo que recordar que va mal tallado). Con un físico así la ropa es totalmente prescindible: si yo tuviera ese body iría desnuda por la calle tocándome a mí misma. Pero no querría dar una imagen parcial de él. David no es sólo un buen par de tetas depiladas con láser carísimo y logradas a base de mancuernas y eterna dieta; es, de veras, uno de los tíos más completitos con que me he topado: lo mismo te habla de conflictos bélicos que de iluminadores de cine checo, de programas de ordenador o de arte del s. XVII; que te ayuda con la mudanza porque está tan fuerte que es capaz de llevarte él solito la tele grande de un sitio a otro... Compagina sus estudios de Psicología -algo que quizá le haga también muy educado y sensible con las chicas, y muy exigente, demasiado, creo, por eso no tiene novia-, con su adicción a bajarse series de internet.


Eva Roy ha acercado el mundo del cine para adultos a la sociedad española. Desde la programación en cadenas de televisión, primero, hasta la publicación del libro 'Mi lado más hardcore' (Exposex, 2006), en el que desvela el aspecto más humano e íntimo, las anécdotas y secretos de la industria del cine X. Ha iniciado y dirigido las revistas de distribución gratuita Looc Madrid y Pacha Madrid, además de colaborar habitualmente en medios como FHM, Primera Línea, 24K, Maxim, Nova, Zero... Ha trabajado como reportera en MTV, y como locutora en Telemadrid Radio y Radio Intercontinental. Ahora, prepara la adaptación a cine de su libro.