Tendría unos doce años cuando leí mi primer libro para adultos sobre dinosaurios. Un tomo gordote de tapas duras y sobrecubiertas negras con grandes letras rojas que todavía conserva mi padre en su extensa biblioteca, pero del que no puedo deciros ahora mismo el nombre porque no lo recuerdo y estas no son horas para llamarle por teléfono. En aquel entonces todavía se consideraba un misterio la causa de la extinción de los grandes reptiles de finales del cretáceo, pero circulaban media docena de teorías que pretendían explicarla. Todos los estudios serios que me tragué coincidían al menos en algo: la teoría de la colisión de un asteroide, que propició una debacle con influencias directas e indirectas propiciando un enfriamiento global, era una chorrada mayúscula más propia de la ficción pulp que de una concepción científica cabal. Hoy en día es la teoría más ampliamente aceptada por los expertos.
En séptimo de EGB, ante mi extraordinaria sorpresa infantil, la tabla periódica que yo había estudiado el año anterior creyendo que recogía todos los 106 elementos presentes en la naturaleza, en el libro de texto de aquel año presentaba una nueva incorporación recién descubierta: el Bohrio. Aquellos que utilizaban los libros de sus hermanos mayores seguían teniendo 106. Pero los que habíamos comprado la nueva edición teníamos 107. Desde entonces, cada vez que he consultado la tabla actualizada he notado algún nuevo añadido. En estos momentos creo que ya hay una docena más.
Durante todo mi periodo estudiantil los planetas del sistema solar siempre fueron nueve que supongo que todos nos sabemos de carrerilla: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Lo curioso es que cada vez que desde entonces me he interesado por la lista he visto que, según la época y el especialista consultado, iban poniendo y quitando a Plutón del grupete. Pues bien, como sabréis los que leéis las noticias de ciencia, ahora mismo están 2500 astrónomos reunidos en Praga para establecer una nueva definición de planeta. Si la propuesta de la UAI es aceptada por dos tercios de los reunidos, los planetas del sistema solar pasarían a ser doce en lugar de nueve. Se le reconocería de una vez por todas su condición a Plutón, pero también se otorgaría este título al hasta ahora asteroide Ceres -que ya fue planeta durante el siglo XIX-, a Caronte, que es la luna más grande de Plutón, y a 2003-UB313.
¿Por qué 2003-UB313 tiene ese nombre tan raro? Sencillo. Sus descubridores lo bautizaron como Xena en honor a la princesa guerrera protagonista de su serie de televisión favorita. Os juro que no es una broma. Aunque a la comunidad científica internacional sí que se lo debió parecer y, por eso, de forma provisional le han dejado el aburrido nombre de catalogación de acuerdo a las convenciones de nomenclatura de astronomía para asteroides.
¿Por qué os cuento todo esto? Además de para desconcertaros con mi cháchara errática, porque me maravilla constatar cómo, aunque nuestra percepción de la realidad varíe, nuestras referencias para clasificarla estarán siempre ancladas en la ficción mitológica contemporánea a la época de cada descubrimiento. Y nuestra nueva mitología es ya la que surge de la cultura popular de los tebeos, los videojuegos, el rock y las series de televisión.