Este verano estoy participando en la tertulia de humoristas gráficos de los lunes en La ventana. Ayer no tuve necesidad de abrir la boca en la última media hora porque Celia entrevistó a Concha Velasco y ésta se lo dijo todo ella solita salteando su dicharachero entusiasmo existencial con anécdotas simpáticas, citas de la historia del cine, apología de la gastronomía asturiana y lectura de poemas. Al terminar, Pilar, que ahora también trabaja en el programa, me contó que se había comprado una taza de las mías en la librería Elektra y eso me hizo recordar que tenía que pasarme por allí para recoger alguno de los restos de la decoración del escaparate que ha estado anunciando estos últimos meses una colección de productos basados en mis personajes. Así que, como la emisora no está lejos de allí, visité el establecimiento y en poco tiempo me encontré en la calle San Bernardo bajo un Lorenzo de justicia acarreando una figura de porexpán de Tyrex de dos metros de altura y otra más pequeña de un perro. La fragilidad del material me hizo desechar la idea de volver a casa en metro, pero tras un buen rato de espera sin un solo taxi libre a la vista, empecé a replantearme la posibilidad. De pronto, apareció uno. Le hice una seña y el taxista acercó su automóvil con gran lentitud inspeccionándome con la mirada. Cuando ya tenía mi mano a unos centímetros de la manilla de la puerta el hijo de perra del pelas aceleró calle abajo y me dejó ahí entre la acera y la carretera haciendo el Peter Sellers en una postura muy estúpida. 
Gracias a mis frecuentes cambios de aspecto tengo bastante caladas las desconfianzas estéticas del profesional madrileño del taxímetro. Con el pelo largo me paran menos que si lo llevo corto; pero curiosamente si a ese mismo pelo largo le añado una barba, aunque sea la de tipo amish con la que todos mis amigos se meten cada vez que me la dejo, les gusto un poco más. La temporada que se me ocurrió dejarme un bigote llevando el pelo con melena media fue muy significativa: jamás un sólo taxista pasó de mí. El hecho es que ahora, sin bigote y con un flequillo que en estos tiempos ya llevan hasta los modelos del Corte inglés, tengo una imagen muy corrientucha que da poco miedo, pero claro, este cabrón -deduje poco después- no me abandonó debido a mi estampa sino a la incomodidad que pudiera suponerle introducir en su coche mi cargamento.
Para cuando vino el siguiente tenía yo ya la intención de memorizar la matrícula por si también se daba a la fuga, pero no fue necesario. Con la parte trasera ocupada por completo por mis siluetas de corcho tuve que sentarme en el asiento de delante y eso propició una conversación en la que el taxista me habló de su afición por la fotografía digital e incluso llegué a sugerirle un par de recomendaciones para solucionar unos problemas que tenía con su grabadora de CDs. Detectar intereses creativos en un individuo que se dedica a este trabajo me reconcilió un poco con la profesión.
Cuando ya estaba maniobrando con las siluetas en el portal de mi casa recibí un sms de Manolo Bartual, entre otras cosas, diseñador de la colección de libros Vadillo Pedroso. Su mensaje decía así:
-Cabrón. Ya llevo media hora haciendo el gamba con LocoRoco y yo no tengo que documentarme para nada...







