Han recorrido Guatemala, Belice, México y España... y a todos les ha sabido a poco. A mí, también. La 'Ruta Quetzal' no es un campamento de verano más donde dar rienda suerta a la adrenalina propia de los 17 años (aunque también), y descargar hormonas, propias también de esta edad (que también). En esta experiencia de 44 días les ha servido a muchos para dar ese paso difícil de la febril adolescencia a la consciente madurez. Si ustedes han leído las crónicas de los expedicionarios (lo único interesante de este blog, se lo digo yo) habrán podido descubrir cómo se iban entremezclando en la maraña de ideas que siempre es el recuerdo apasionado las sensaciones, los sentimientos y las reflexiones.
Los paseos por el mercado de Chichicastenango provocaban el llanto por la extrema pobreza de los niños; la visita a Rabinal despertaba la curiosidad por la cruel guerra, las caminatas por Valladolid o Toledo revelaban la evidencia de estar pisando siglos de historia, no siempre pacífica... Y a eso, únanle el increible sentido de la solidaridad que han desarrollado los 'ruteros'. Ante la adversidad (las hay de muchos tipos: desde la soledad en mitad de un campamento de 350 personas, hasta la que arrasa con todas tus pertencencias sin ningura misericordia) estos chavales han encontrado siempre el apoyo de sus compañeros.
Señores lectores. Imagino (y no tanto) que en su mayoría han sido ustedes padres de estos pequeños aventureros que con todas las dificultades técnicas y humanas han seguido el periplo de este año a través de este blog. Sólo quería revelarles un pequeño secreto de esta 'Ruta Quetzal' antes de despedirme hasta el próximo año y agradecerles su paciencia: por la puerta salió su niño, ahora reciban al hombre preparado para un futuro mejor.
Zapatero recibe de la Ruta un Quijote en quechua
















































