La ruta Quetzal

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Mi cumbre

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Alejandra Wundram Pimentel, Guatemala

Llegué a la cumbre del “Puerto del Reventón”, agotada. Me senté a observar ese atardecer, perfectamente rojo, y esperar que el temblor de mis manos se detuviera. Me senté completamente consciente de que ésta era la última marcha dura de la Ruta.

Poco a poco, fueron apareciendo las luces de la ciudad y, viendo los últimos rayos rojizos atravesar el cielo, me puse a pensar en estos últimos días y de cómo, aunque nos duela, no podemos evitar el hablar sobre el final, y de los finales abrazos y lágrimas.

Cada día se cuentan las horas faltantes y se narran anécdotas de días pasados. Recordamos cómo al principio todo parecía tan difícil y el ambiente era tenso. Nadie sabía bien qué pasaba o qué hacer. Y luego, poco a poco, todo fue mejorando, el grupo se fue uniendo, las amistades se forjaron y nosotros fuimos cambiando.

Y mientras pasamos más y más tiempo en esta realidad paralela a la que hemos estado viviendo. Y mientras volvemos a hacer cosas que no hacíamos desde chicos, jugando y recordando trucos y, luego, en un cambio repentino de situación, se empiezan conversaciones sobre política, religión o filosofía. Y, cuando hacemos cosas que en nuestro entorno normal no se harían, por ejemplo, jugar al “amigo imaginario”, donde los regalos son estrictamente libros. Entonces, sólo entonces, te das cuenta de lo diferentes que son estos dos mundos, igualmente reales, pero con un abismo gigante entre ellos.

Y es desde la cima de este lugar del Reventón, en donde ahora se ven las estrellas de forma tan clara como no las había visto antes, cuando me doy cuenta de lo similar que es toda la experiencia de la Ruta con el ascenso a esta montaña. El inicio es lo más difícil, te sientes agobiada, como si te quedaras atrás, y no consigues encontrar el paso correcto. Y no es hasta que alguien te da un poco de apoyo o agua, que sabes que puedes seguir adelante.

Y mientras estás subiendo, el camino se hace más fácil, sin importar si la inclinación es mayor, o el camino es más brusco, el andar se hace más sencillo, y hasta encuentras fuerzas para cantar. Y cuando llegas a la cima, y ves todo lo que has logrado, lo alto que has llegado, te empiezas a sentir genial, como si algo explotara dentro tuyo.

Por último, cuando es la hora del descenso, empiezas a bajar con un gran sentimiento de satisfacción, y otro tanto de pena, por perder la vista desde la cumbre; pero bajas, y lo haces sabiendo un poco más sobre quién eres. Y sabes que, en realidad, es en tu interior, donde ocurre el verdadero “reventón”.

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